En amhárico, muke es árbol.
El café, antes de ser taza, es un árbol — un cafeto. La marca empieza ahí, donde empieza el producto.
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Sin barroquismos, sin historias raras, sin cuentos para no dormir. Café para extender el disfrute de cada taza.
De cada euro que gastas en un café, un 2 % llega al caficultor. El resto se pierde por el camino.
Una taza lleva entre siete y nueve gramos de café tostado. El kilo en origen se paga, en mercado convencional, entre dos y cuatro euros. El productor recibe una parte de eso — el resto se reparte entre intermediarios, exportador, importador, tostador y distribuidor antes de llegar a la cafetería.
No es una crítica al sector. Es una descripción del modelo. Lo importante viene ahora.
En muke, de cada euro que pagas vuelven 16 céntimos a origen: el tercio del beneficio que comprometemos en proyectos elegidos con los cultivadores, aparte de lo que pagamos por el café.
La oportunidad no es subirle el precio al cliente. Es hacer partícipe al cliente de un mejor reparto.
La oportunidad no es comprimir. Es dar luz sobre lo que pasa entre el cafeto y la taza.
Cada eslabón visible, cada margen sobre la mesa, cada relación directa que sustituye a un intermediario opaco, libera valor. Ese valor — todo él — se devuelve a origen. No como caridad. Como precio justo, como inversión en infraestructura, como participación del productor en un negocio del que históricamente solo ha sido la materia prima.


El café, antes de ser taza, es un árbol — un cafeto. La marca empieza ahí, donde empieza el producto.
A una hora de Adís Abeba. Donde nace Hana, donde empieza su ambición. El nombre lleva ese punto de partida dentro.
No es un país cafetero más. Es donde empezó todo. La geografía sobre la que se monta el resto.
No son visitas promocionales. Es trabajo recurrente, sobre el terreno, para entender — antes de prometer nada — cómo viven los caficultores hoy: a qué precio venden, qué infraestructura les falta, qué les ahorraría tiempo, qué multiplicaría su cosecha, qué necesitan sus familias.
Esa conversación es la que decide en qué se invierte. No un consejo de dirección en Madrid mirando un PowerPoint. Las prioridades las pone quien cultiva.
Parte de los beneficios de muke se reinvierte en origen sobre las decisiones tomadas allí: infraestructura comunitaria, herramientas de procesado, formación, lo que haga falta. La lista no la cierra Madrid.
Hay una manera fácil de hacer esto: donar un porcentaje, ponerlo en la etiqueta y no volver a hablar del tema. No es la nuestra.
Muke financia proyectos concretos en origen, uno detrás de otro, y cada uno se decide con los cultivadores con los que trabajamos en Etiopía. Ellos saben mejor que nadie qué les falta; nosotros ponemos el dinero y contamos en qué se ha ido.
El primero ya está elegido y tiene presupuesto: un pozo, en 2027, de entre 10.000 y 15.000 euros. Es el primero, no el único. Cuando esté hecho empieza el siguiente, y ese también lo eligen ellos: puede ser un secadero, herramientas de procesado, formación, otro pozo en otra comunidad. Hoy no lo sabemos, y no pasa nada por no saberlo. La lista se escribe allí, cada año, según lo que haga falta en ese momento.
Para pagarlo, el compromiso es aritmético: al menos un tercio de los beneficios de muke, todos los años, va a origen. Con las ventas que prevemos, ese tercio cubre el pozo. Y el «al menos» no es una forma de hablar: si el proyecto cuesta más de lo previsto, sube el porcentaje hasta cubrirlo — el proyecto no se recorta para que cuadre el número. Si un año el tercio da para más de lo que cuesta, el sobrante no vuelve a Madrid: se guarda y financia el del año siguiente. El 33 % es el suelo, nunca el techo.
Una cosa que no vas a encontrar aquí es un porcentaje del precio de la taza. Los beneficios son lo que queda después de pagar el café, el tueste, el envío y a quien lo hace. Comprometer un tercio de eso es comprometer algo real.
Reservar ayuda a lanzar el proyecto. A quien reserva, le llega antes que a nadie.
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